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Era una noche estrellada en El Cairo. Alguien había entrado en el museo y había llegado hasta la zona del antiguo Egipto. Ningún guardia lo había visto, ninguna cámara lo había grabado y ningún tipo de sistema lo había detectado. Andaba tranquilo, seguro de que no lo descubrirían, pues conocía el museo como la palma de su mano. Mientras caminaba, iba rozando las vitrinas con los dedos. Buscaba algo pero no lo encontraba. Papiros, libros antiguos, joyas... Nada de eso le importaba. Buscaba unos antiguos amuletos egipcios, 7 diamantes para ser más exactos. De por sí, los diamantes no tenían mucho valor, pero según los egipcios eran los diamantes de 7 dioses. Según las leyendas estas piedras preciosas están ligadas a los dioses, pueden localizarlos y para éstos los diamantes tienen diversas utilidades. Mientras, pensaba en todo aquello, el intruso oyó como un guardia se acercaba. Había perdido mucho tiempo y no había encontrado lo que buscaba. Empezó a correr. Salió por donde había entrado. Pero, antes de irse, echó la mirada atrás un par de segundos y vio como el guardia corría hacia él.

Por la mañana, el sol lucía imponente sobre los edificios de El Cairo y, a lo lejos, sobre las doradas arenas del desierto. Aunque era temprano, la gente caminaba por las calles como a cualquier otra hora. Josué se levantó todavia pensando en lo ocurrido la noche anterior. No podía creer que no hubiese encontrado los diamantes. ¡Los había visto expuestos una 3 horas antes! Se levantó, se aseo y vistió. Luego se dirigió al museo, a buscar los diamantes. Revisó la sala entera. Desde luego no estaban allí. Decidió volver a casa. Cuando llegó se encontró con su padre que salía.

- ¿Qué hacías fuera, hijo? Te has ido sin desayunar - dijo el padre de Josué.

- Estaba dando una vuelta, hoy no tengo apetito.

Desde luego Josué no tuvo que buscar ninguna excusa, pues el fracaso de la noche anterior le había quitado las ganas de comer.

- Voy al museo, ¿te vienes? - le preguntó su padre.

- Sí.

Eran ya las 8 de la mañana y todos los negocios estaban abiertos. Pasaron por el mercado. Puestos de fruta, pescado y otros alimentos abarrotaban la plaza. Los adultos compraban y vendían, mientras los niños jugaban despreocupados. Tras atravesar el mercado llegaron al museo. Cuando entraron al despacho del director, Josué se dispuso a averiguar que había ocurrido con los diamantes.

- ¿Qué ha ocurrido con los diamantes de la sala de el Antiguo Egipto? - preguntó Josué.

- ¡Ah, sí! Los hemos guardado en el almacén y en su lugar hemos puesto unas estatuillas - explicó su padre.

- ¿¡En el almacén!? - se le escapó a Josué, pues sabía que lo tendría más difícil para encontrarlos allí.

- ¿Qué ocurre, hijo?

- Nada, nada...

El resto del día transcurrió con normalidad. Por la noche, Josué volvió a colarse en el museo. Se dirigió al almacén. Una vez allí empezó a buscar los diamantes. Vio estatuillas de oro, pinturas antiguos, libros sagrados y demás reliquias. Tras unos 30 minutos encontró lo que buscaba.

- ¡Aquí están! - dijo Josué mientras miraba intensamente una caja de cristal con 7 diamantes en su interior.

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